Nick Kyrgios, de imponente altura, magnífico saque, toque de seda, precario estado físico e indolencia, juega a golpes de capricho. Acelera y arrolla, lifta y saca de la pista al rival, pero se asusta por la facilidad con la que gana los puntos y levanta el pie, reduce la velocidad del saque y envía bolas al otro lado de la red como haría un entrenador para que el jugador de enfrente ensaye los golpes más difíciles. El juego se iguala, y el marcador, y parece que hay partido. Enfrente no tiene a un jugador, sino a una, , de 27 años, que juega a una sola velocidad, la suya, y una potencia magnífica, las dotes que la han hecho número uno del mundo. Juegan al mejor de tres sets en un campo desigual. Sabalenka, 1,83m, es una presencia física que intimida a muchas mujeres en el circuito. Se mueve de un lado a otro de la pista y da todos los golpes al 100%. Juega en el filo. Es su única oportunidad ante un hombre. No es suficiente. Juega en una mitad de la pista un 9% más pequeña que la reglamentaria, un metro más corta, 80 centímetros más estrecha. Es la única ventaja que se le concede para hacer corresponder estúpidamente la superficie con el 9% que algún sabio fisiólogo ha decretado que supone la ventaja física de tanto músculo y tanta testosterona en el hombre. Todo es inútil. 6-3, 6-3.
Es la llamada Batalla de los Sexos 2.0, un partido de exhibición en Dubái cuyo sentido último no llega más allá del de un show pretendidamente divertido, solo si cierta crueldad puede hacer gracia, y muy navideño. Y económicamente rentable para ambos jugadores, representados por la misma agencia, Evolve, y llenan a reventar un pabellón con famosos del fútbol, como Ronaldo Nazario y Kaká, en las gradas, y sus hijos comiendo palomitas. Sabalenka, residente en Miami, le da relumbrón a la presentación. Sale de lo alto de las escaleras como una boxeadora moviendo las caderas al ritmo del Ojo del Tigre, la música de Rambo, y en vez de albornoz viste la ropa de competición una gabardina con incrustaciones a miles de cristalitos de Swarovski. Y cuando los tiempos muertos, bailando rítmica la Macarena, mientras el australiano, de 30 años, arrastra los pies como un jubilado con dolores en todas las articulaciones. Y suda más que un ciclista ascendiendo el Tourmalet en julio.
respondió rápida e inteligentemente a la pionera del tenis. “Lo entiendo perfectamente. En el partido de 1973 intentaban luchar por cosas diferentes. Nosotras estamos aquí para llevar el tenis a otro nivel y dar visibilidad a nuestro deporte, para ayudarlo a crecer”, dijo antes de pelear en la pista. “Creo que las mujeres ya han demostrado que merecen la igualdad y, por mi parte, simplemente demostraré que somos capaces de luchar a lo grande contra un hombre y divertirnos. Espero que vean lo fuerte y dura que soy, y que tengo el valor de ponerme a prueba jugando con un hombre”.